Cicatrices

Celia era una chica de 26 años. Vivía con sus padres en Barcelona y tenía un hermano. Él era enfermero al igual que su mujer. Se habían conocido trabajando en un hospital.  En la familia había otra enfermera más, su prima Ana, dos años mayor que ella y con la que tenía mucha afinidad.

Quizás fué cosa de los genes o tal vez la predisposición que tenía Celia por ayudar a los demás, lo que le hizo empezar la carrera de enfermería. Para Celia, las cosas siempre requerían más tiempo de lo habitual, pero cuando se proponía algo, solía conseguirlo. Para llegar a la universidad cogió el camino más largo; repitió un curso superior, se preparó para auxiliar de enfermería, se tituló como técnico de rayos y durante los fines de semana trabajaba como dependienta. Pese a todo esto, también tenía tiempo para divertirse con sus amigos de la infancia y disfrutar de sus aficiones. Mientras estudiaba la carrera empezó a trabajar como auxiliar de clínica en un centro de salud.

La distancia a la universidad, el horario laboral y el cansancio hacían que el proyecto de acabar la carrera se alargara y a veces afectara a su estado de ánimo haciéndole pensar que no lo iba a lograr.

Sin embargo, poco a poco, fueron llegando los aprobados y las prácticas en el hospital donde Celia disfrutaba enormemente. Pasó por neonatos, cirugía digestiva, medicina interna y ambulatorio. Lo que más le gustaba era el trabajo en consulta de atención primaria y fué allí donde empezó a trabajar un año después de acabar la carrera. Pasó por tres ambulatorios y siempre tuvo pacientes adultos. Le encantaba su trabajo, hacía seguimiento a los pacientes crónicos, prevención de enfermedades, curas de úlceras y también visitaba a sus pacientes a domicilio. Recordaba todo el esfuerzo que había dedicado a su carrera y se alegraba de poder ocupar ahora ese lugar, ayudando, observando, escuchando y sobretodo aprendiendo cada día de los que le rodeaban, de los que le visitaban, de sus alumnos y de sus propias inquietudes.

La facultad te enseña muchas cosas pero el verdadero aprendizaje se lleva a cabo con la práctica y con el día a día. Ella aprendió mucho y lo grabó en su mente, pero de lo que más aprendía eran sin lugar a dudas las historias de  vidas de muchos de sus pacientes. Recuedos que a modo de cicatrices quedarían marcados en su memoria y le acompañarían para siempre como si se trataran de su propia familia.

La vida de Mercedes le impresionó mucho. Era una mujer de 92 años cuyo padre había colaborado en la elaboración del Pompeu Fabra, un diccionario catalán. Le explicaba las fiestas a las que acudía y los personajes con los que trataba. Mercedes se había casado y tenía dos hijos. Su hija dió a luz a una niña que abandonaría al saber que tenía una discapacidad mental. Fué Mercedes quien se ocupó de cuidarla y darle una educación. En los colegios se sorprendían del alto nivel cognitivo que tenía la niña y que había logrado grácias a su abuela.

Josefa debía tener la misma edad. Habían sido tres hermanas, dos de ellas solteras y a ambas les había afectado la enfermedad de Alzheimer. Josefa era una anciana entrañable con la que todavía se podían tener conversaciones sencillas. Su sobrina y el marido de ésta, se hacían cargo de ellas. De ellas  Celia  aprendió mucho de humanidad, de como mantener la calma, el valor del cariño y de como mostrar una sonrisa y agradecimiento en las situaciones más difíciles.

Jesús tenía 58 años, padecía una enfermedad de la piel y tenía una úlcera en la pierna. Presentaba una pequeña discapacidad intelectual y vivía con su madre. De él Celia aprendió la importancia de tener confianza y que la educación y la humanidad son valores universales.

Sus pacientes más longevas eran Pilar de 94 años que vivía en una finca antigua con cocina de carbón y suelo de piedra. Era su vecino Valentín quien la visitaba a diario, le hacía la compra e incluso le curaba las úlceras de las piernas. Pepita de 95 años, siempre estaba alegre y pasaba las horas jugando al parchís con su vecina Lali a quien le ganaba con frecuencia.

María vivía con su único hijo quien la comaba de atenciones y cariño . Le había organizado una bonita fiesta por su centenario ala que acudieron muvhos vecions del barrio. Rafaela cumplió 104 años con su eterna sonrisa y la compañia de su sobrina Marta quien cubría sus necesidades básicas.

Con enfermedades, avanzada edad y múltiples dependencias pero contando con el apoyo de hijos, sobrinos y vecinos que velaban por su bienestar, ejerciendo como grandes cuidadores y esperando a cambio únicamente esas sonrisas de felicidad y agradecimiento.

Todos y cada uno de ellos, de los que pasaron y de los que vendrán, dejarán una cicatriz de aprendizaje en la mente y el corazón de esta enfermera.